2 Jun 09

Lugares que tienen marca
de sus rasgos distintivos,
que agregan como apellido
o apodo a cada comarca:
Los paisajes, Catamarca
con colores nunca vistos
Buenos Aires, obelisco;
Cataratas, Iguazú;
La Pampa con el ombú,
Guaite tiene el tamarisco.

“Taray, tamarisco. Nombre científico: Tamarix gallica L –Familia: Tamaricáceas
Arbusto caducifolio de hasta 8 m de altura, muy ramificado, con la corteza de color pardo oscuro a púrpura. Hojas en disposición helicoidal, recubriéndose unas a otras a modo de tejas. Flores rosadas o blancas de 2-3 mm de diámetro formando racimos densos de 1-4 cm de largo. El fruto es una cápsula con 3 valvas, de 3-4 mm de largo, de color rosa claro, con varias semillas que llevan un largo penacho de pelos plumosos. Se crían en la proximidad de las costas o de los ríos de aguas calcáreas y salobres de la región mediterránea occidental. También se cultivan en los jardines como ornamentales. La infusión de su corteza es muy rica en taninos, se empleó desde antiguo como astringente”. (“El internauta” por Antonio Cortina)
“Hace pocos años una mujer se batió con el Sahara más exitosamente que ningún hombre hasta hoy. Dicho en pocas palabras, la cosa pasó así. Windy, moza neocelandesa, después de azaroso vivir, movida por el desespero y la esperanza, se vio desvelada por estas dos preguntas: ¿Podría una población arbórea sin riego artificial hacer algo más que fijar el suelo desértico?¿Podría una plantación densa de árboles crear un microclima? Comenzó con la experiencia en 1964 en Argelia, o mejor, en Boy Saada, con 1000 pies de la variedad de eucalipto más aguerrida para la sed. Ochocientos arraigaron y aguataron un segundo verano. En 1965 se plantó 56.000 árboles. Siete años después 130.000 eucaliptos mecían sus ramas en el cielo, algunos de quince metros de altura. Windy aprendió y difundió una lección sin par:”Cuando los árboles se hacen al riego artificial se vuelven perezosos para buscar agua del subsuelo”.
Desde luego que tamaña experiencia y tamaña victoria no se lograron sin paciencia y sacrificios acérrimos, como aquel año de sequía en que los árboles se salvaron solo porque centenares de barriles viajaron desde lejanos pozos a lomo de burro.¿A cuántos cientos de estériles batallas equivale esa creadora belleza?
En las playas de nuestro litoral atlántico suele verse, formando matorral, un arbusto o arbustillo de hojas menudas, y fruto rico en semillas. Su aspecto es insignificante y los pescadores y bañistas ignoran su nombre. Tampoco saben que se trata de una planta meritoria en grado heroico, tal vez comparable al papiro, otra planta de larga y esmirriada figura, engendrada en la ciénagas, pero que fue la primera –antes que el pergamino y el papel – en dar acogida al pensamiento, para que la experiencia y el saber humanos no se perdieran como rastro en la duna y pudieran trasmitirse de generación en generación.
El tamarisco, que brota en la arena húmeda y se reproduce generosamente por estacas, tiene la virtud de fijar y abonar el arenal permitiendo la instalación del pino – entre otra gente vegetal – árbol que durante milenios, metamorfoseado en barcos, permitió el cruce de los mares de cabo a rabo sin necesidad de partir sus aguas en dos como Moisés (inventor del semáforo) hizo con el mar Rojo, para que su gente pudiese pasar a pie enjuto”. (del libro “NUESTRO PADRE EL ARBOL” DE Luis Franco)

Fue el elemento ideal para oponerse a los movimientos de suelo por erosión eólica. Nuestros primeros habitantes lo adoptaron como cerco cerca de un alambre tejido, para darle a las propiedades una cortina contra los vientos, especialmente del sur.
Su rápido crecimiento le daba consistencia a los alambrados y generalmente eran recortados a tijera para darle la forma de paralelepípedo. De esta manera le quitaban su aspecto desordenado e hirsuto.
En el frente de mi casa, por ejemplo, mi padre mantenía el cerco perimetral, que abarcaba los limites linderos y el frente. Sobre el portón, hecho con zunchos en forma de tela de araña, había dejado crecer las ramas y formado sobre la entrada una especie de cúpula que unía en una curva a ambos lados del cerco.
En el balneario whitense, detrás de tambores de arena, que detenían la erosión del mar, habían crecido matorrales de tamariscos, que servían de cobijo para la merienda a la salida del baño.
También y con el mismo propósito en Puerto Galván crecían tamariscos que, generosamente, realizaban la doble tarea de protección de la arena y una escasa sombra, pero sombra al fin a los bañistas.
El progreso, trajo otras especies para cercos, principalmente de mampostería y el tamarisco que fijo las bases del pueblo, como tantas otras cosas, no solo pasó al olvido sino que fue defenestrado como un “yuyo inmundo”.


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